Religión

La puerta estrecha

Hay personas

que te explican por dentro y susurran silbando,

y destapan cien frascos, desafían la calma,

y naufragan sin barca.

Que bucean sin fondo y adivinan los ojos

mientras marchan.

Hay encuentros que aguardan

más allá de las miradas.

Sara Bárcena. Un lugar en la palabra

A menudo invito a mis alumnos a recordar. Les explico que recordar significa “volver a pasar por el corazón”. Por ejemplo, recordar un atardecer, una mirada, una conversación; o aquel verano especial, el primer beso o el abrazo del amigo que ahuyentó nuestra soledad y tristeza.

Volver a pasar por el corazón para fortalecer nuestras raíces, para alimentar nuestra sed de belleza, para reconciliarnos y sanar nuestras heridas, para tomar impulso hacia el infinito.

Recuerdo (vuelvo a pasar por mi corazón) con nitidez una clase de Religión de 2º de BUP (¡allá, por el siglo pasado!) en mi colegio, los Dominicos de Oviedo. El P. Alcalde (maestro y amigo) nos leyó unas palabras de Jesús, tomadas del evangelio según Mateo: “Entrad por la puerta angosta; porque ancha es la puerta y amplia la calle que llevan a la perdición, y muchos entran por ellas. ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho el callejón que llevan a la vida! Y pocos dan con ellos.” Cuando terminó la lectura, hizo un silencio. Luego me miró y preguntó: Tú, ¿qué puerta eliges?

Lo cierto es que ahora, con el paso del tiempo, ya no recuerdo si me miró sólo a mí, si dirigió la pregunta tan sólo a mí persona, o fue mi ansia la que me hizo sentirme interpelado. Sea como fuere, yo estaba convencido de que era a mí a quién se dirigía. Y desde aquel momento, con mayor o menos intensidad, me acompañó aquella invitación y (pro)vocación. La puerta angosta, el callejón estrecho… ¡Son los que llevan a la vida! Y que duda cabía, yo quería vivir, vivir a tope.

Unos cuantos años más tarde, siendo ya un joven fraile dominico, me topé con los versos que son el final del poema El camino no elegido (The road not taken), escrito por Robert Frost en 1916, y que se popularizaron, marcando varias generaciones de adolescentes y jóvenes, con la bella película El club de los poetas muertos, dirigida por Peter Weir: “Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,/ Yo tomé el menos transitado,/ Y eso hizo toda la diferencia”.

Hay versos que hieren el alma por su belleza y su verdad. Es una herida necesaria para adentrarnos en esa hondura divina que hay en todo ser humano. Los versos de Frost, al igual que las palabras de Jesús (y sobre todo estas) me hirieron más de lo que entonces podía sospechar y, de una u otra forma, orientaron todo lo que vino después, y hasta hoy.

Que duda cabe que se paga un precio (a veces, alto) por elegir la puerta angosta, el camino menos transitado. Es el precio de la fidelidad al amor primero, a la palabra dada, al camino emprendido.

El camino menos transitado, la puerta angosta por la que nos invita a entrar Jesús, no invita a la soberbia o altanería; y tampoco es una cuestión de un elitismo dirigido a una minoría selecta. Es asumir y hacer nuestra la manera de mirar, de sentir y de amar de Jesús de Nazaret.

Hay una llamada, una seducción, un enamoramiento. Es ese instante de la vida a partir del cual, sólo tienes dos alternativas: dejar de mirar y de sentir y de amar, y esconderte, negarte y claudicar; o, por el contrario, quitarte la armadura oxidada, dejar que el anhelo pueda más que la prudencia y la promesa más que el miedo y zambullirte en la vida.

Hubo dos momentos cruciales en mi adolescencia y juventud en los que me hallé ante semejante encrucijada: mi descubrimiento/encuentro con Jesús de Nazaret y la intuición primera de que, tal vez, podría ser fraile dominico. En ambas ocasiones elegí (¿me eligió?) el camino menos transitado. Hoy sé que soy lo que soy por los caminos transitados y los encuentros que he tenido, y tengo.

Me parece que era Khalil Gibran quien decía que la poesía no son los versos sino la mirada, la sensación, el hallazgo. Yo creo que la vida no es la suma de años sino la mirada, la sensación, el hallazgo.

Hoy más, más que nunca, es urgente que los jóvenes (y los no tan jóvenes) se encuentren en la vida con maestros que enseñen y acompañen, que inviten y provoquen. Discípulos y discípulas del Maestro que enseñen a mirar para aprender a ver, que hablen del sentir y sentirse, y que despierten el afán por buscar, siempre más allá, pero enraizados cordialmente en el más acá.

Se buscan compañeros de camino, que se atreva a acompañar hasta el umbral, para luego, invitarnos a cruzar sin miedo. Se buscan poetas que apunten con el dedo a la estrella y que nos enseñen a no quedarnos atontados mirando al dedo, que nos inviten a recordar y a soñar. Pero es urgente.

Ricardo Aguadé, OP