Domingo, el peregrino
De verano y viajes, tal vez, nadie sabe mejor que nuestro Domingo de Guzmán. Creció entre los horizontes abiertos de Caleruega intuyendo siempre un mundo más allá, pero también más acá. La amplitud le hablaba de otros mundos, pero también de aquel que había en su corazón. Muy pronto salió de su casa para recorrer el mundo de la historia, las ciencias y las letras, pero también a introducirse en los valles y cumbres de su propia interioridad.
Así nos lo dice Jordán de Sajonia, cuando narrando sobre los primeros años de su vida, da cuenta de su relación con la Palabra de Dios. «La verdad que entraba por sus oídos, depositada en el seno profundo de su mente, la retenía en su tenaz memoria. Estas cosas, captadas con facilidad, las regaba con los piadosos afectos de su ingenio, y de todo ello germinaban obras de salvación» (Libellus 7). Y es que la primera peregrinación que Domingo pudo hacer, fue en la Palabra. Recorrió sus valles y cumbres, hasta encontrarse con su mayor tesoro: Jesús de Nazaret. Gracias a ese viaje, la Palabra también pudo hacer su viaje en Él. La vida, las heridas y la historia del joven Domingo fueron peregrinadas por la Palabra que recorrió su existencia.
Con todo, este fue solo el inicio. Cuando ya creía que lo suyo era dedicarse a la tranquila vida de canónigo en Osma, Dios le ofrece una aventura. Desde allí, ya no se detiene. Y la peregrinación que hacía con la Palabra en su corazón, le llevó a peregrinar el mundo conocido y por conocer. Su vida se transforma en un camino.
De ahí que podemos relacionar cada lugar de su vida a un momento especial de su historia, de sus búsquedas y su intuición. Domingo aprendió a vivir de otra manera, poniendo en el centro lo importante, haciendo de los encuentros posibilidad de hogar, de que el Dios de sus adentros también se asomara en quien se encontraba. El tiempo y el espacio se transformaron en coordenadas y no en criterios de su peregrinación.
Uno de sus viajes más importantes es, tal vez, del que menos hablamos. En Fanjeaux, al sur de Francia, luego de las primeras experiencias de evangelización, de 1206 a 1215, Domingo se queda solo «en la brega de la predicación» (Libellus 31). Su amigo, el obispo Diego, regresa a su diócesis, y sus compañeros también regresan a su vida. La peregrinación que le llevó hasta allí parecía terminar. ¿No tendría que hacer su maleta y hacer peregrinación de regreso a su catedral en Osma? ¿Qué iba a hacer él solo lejos de su tierra, de su lengua, de su gente y sus costumbres? Era el comienzo de un nuevo viaje. Una vez más, hacia dentro.
La experiencia de la soledad, de sus convicciones a prueba y la distancia de sí mismo, le llevaron a recorrer el camino hondo de la libertad. Fueron nueve años de idas y vueltas, de búsquedas e inquietudes, de preguntas y no tantas respuestas. Fray José Fernández Moratiel le llama a este tiempo el desierto de Santo Domingo. De seguro sus hermanas en Prulla, fueron oasis, dónde pudo descansar y soñar, escudriñar los movimientos por los que Dios se decía en su vida y en la del mundo.
En Fanjeaux, Domingo volvió a peregrinar sus valles. Y la Palabra de Dios volvió a hacer caminos nuevos en él, mientras se dedicaba a predicar y a acoger. Al contacto con la gente sencilla de todos los días, de las hermanas que fueron su comunidad, de los problemas eclesiales que venían por todas partes… Dios volvió a invitarlo a peregrinar.
No sabemos muy bien qué sucedió, pero sí sabemos que de ese viaje interior surgieron los viajes exteriores: La predicación más allá de los límites de Fanjeaux, la fundación de una comunidad de hermanos predicadores en las afueras de Toulouse, el inicio de una aventura que le llevará a Roma, Bolonia, París, España, un modo de vivir que haga palpable el evangelio de Jesús.
Domingo nos muestra, una vez más, que el viaje más importante se hace en los adentros. Allí, encontraremos ese «desde dónde» con el cual acompasar cualquier norte y recorrer cualquier trayecto. Para dominicas y dominicos, la vida y sus coyunturas son ocasión siempre de peregrinar con Dios hacia Él, y así, abrir caminos nuevos y asfaltados para que otras y otros puedan caminar hacia Él.
¡Buen viaje!
¡Y feliz día de Santo Domingo!
Fray Ignacio Castro, OP
