La pace sia con tutti voi!
Sois 133. Tú, solo uno más entre todos. Hace unos días no conocías a la mayoría de hombres que te rodean, ahora parece que lleváis ahí dentro varios meses. Cuarta votación, la tercera del día de hoy. 8 de mayo de 2025.
El cardenal que se encarga del escrutinio dice tu nombre. Lo has oído muchas veces en las últimas horas, y solo esperas no tener que oírlo demasiado. Pero lo repite. Una y otra vez. Al principio piensas, imagino, que no puede ser. Que tiene que ser coincidencia, que los pocos que han tenido la idea de votarte, han ido seguidos. Que esto parará y comenzará a repetirse otro nombre. Pero sigue. Y recuerdas que anoche estaban maquinando y preguntando; que hace un rato, a la hora del almuerzo, había quien te miraba fijamente. No puede ser. ¿Verdad? Pero no dejan de decir tu nombre. Una y otra vez. Ya has dejado de contar, no tiene sentido.
– ¿Quieres un caramelo? – te dice el cardenal que tienes a la derecha. Te ha tenido que ver pálido. Lo aceptas en silencio mientras tratas de controlar el temblor de la pierna. De fondo, el goteo de tu nombre. Constante. Como un disco rayado.
De repente, la capilla estalla de emoción y tus hermanos se levantan. ¿Aplauden? Parece que sí, por el movimiento de las manos. Pero tú no oyes nada. El mundo parece haberse quedado en silencio. Está hecho, ya no hay vuelta atrás. Unos brazos te ayudan a levantarte, y te das cuenta de que seguías sentado. Que no habías sido capaz de moverte siquiera.
La votación continúa, pero ahora ya no es el ruido exterior el que te abruma, sino el interior. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué vas a decir? No puedes decir que no, claro. No puedes romper la confianza que, parece, están dispuestos a poner en ti. ¿Qué habrán visto? ¿Realmente creen que sabrás hacerlo? No eres nadie.
De repente, te llaman. No te habías dado ni cuenta que ya había acabado el escrutinio. Te pones en pie, y avanzas lentamente hacia el centro de la sala. Y te preguntan que si aceptas el cargo. Que si aceptas ser el sucesor de Pedro, que si aceptas su cátedra, que si aceptas guiar al pueblo, que si aceptas encabezar la Iglesia de Cristo. Madre de Dios.
Te quedas en silencio un segundo. Breve. Expectante. Notas las miradas sobre ti. Cierras los ojos.
Y dices que sí. Crees que con firmeza, aunque probablemente no lo haya sido tanto. Con confianza, eso sí. Lo que viene, conviene, te decían en el Perú. No hay otra.
Te diriges, o más bien te dirigen, a la Sala del Llanto. Quiero pensar que no es un llanto necesariamente triste. Que es más fruto de una mezcla de emociones que se suceden. Del duelo por la vida que dejas atrás. Del vértigo por el camino que se abre delante. De la responsabilidad que tienes de repente para con millones de personas.
Personas que, por cierto, esperan que salgas a saludar y decir algo alentador. Madre del amor hermoso. Qué vas a decirles tú. Si eres un pobre muchacho nada más. Lo vas a tener que escribir, eso seguro. No vas a salir ahí a improvisar, no. No es lo tuyo. El que antes se sentaba a tu derecha, ahora te abraza. Y, durante un momento, crees que sí podrás hacerlo. Te equivocarás, meterás la pata, harás cosas que no gustarán. Pero lo harás lo mejor que sabes. Lo harás.
Cuando terminas, no sin haber hecho honor al nombre de la sala y haber derramado alguna lágrima, te conducen por unos pasillos. Tendrás que aprenderte estos caminos a partir de ahora, piensas. De momento, te dejas llevar. En algún punto te paran y te hacen una foto. Ahora no lo sabes, pero ese retrato te acompañará en los años venideros. Decorará despachos, habitaciones y salones en todo el mundo. Sales sonriente, sereno. Aunque igual ahora no lo estés demasiado.
Llegas al balcón. El decano sale, con una sonrisa un tanto traviesa, como quien sabe algo que necesita compartir, y hace el anuncio. Annuntio vobis gaudium magnum. Cómo has llegado hasta aquí, te preguntas. Habemus papam. La plaza ruge. Desde donde estás, atisbas el cielo despejado de Roma. Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Robertum Franciscum. Qué pensará tu madre de todo esto, allá donde esté. Y tu padre. Y tus hermanos, qué estarán haciendo. Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Prevost. Solo esperas tener fuerzas para hacer lo que tengas que hacer. Qui sibi nomen imposuit Leonem Decimum Quartum.
No sabes si sales tú solo o alguien tiene que darte un pequeño empujón. Puede que más bien lo segundo. El caso es que, cuando por fin te dejas ver, los gritos solo hacen más que aumentar. Miles y miles de personas se agolpan y corean tu nombre. Lloran, ríen, hacen fotos. Tú agachas la cabeza y sonríes, saludas tímidamente con la mano, agradeciendo el cariño como puedes. Pides fuerzas en silencio. Recuerdas a todos los que, en su día, pasaron por aquí. Todos los que tuvieron que salir también a este balcón, claro, pero también a todos los que estaban abajo entonces. A todos los que creyeron y creen en tu Dios, los que depositaron la fe y la confianza en esta Iglesia que ahora, sin saber cómo, encabezas. La cristinadad. Los millones de vidas entregadas. La Vida entregada.
Las lágrimas amenazan con salir de nuevo. No sabes si serás capaz de contenerlas. La plaza sigue rugiendo. En los balcones contiguos, tus hermanos te miran, expectantes también ellos de lo que tienes que decir.
Así que comienzas. Con lo que una vez se te dijo a ti. Con lo que se nos dijo a todos nosotros.
La pace sia con tutti voi!
Elena Martín Tascón

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