Solidaridad

Desde África, en el jardín de Dios

La ciudad de Malabo está poblada de niños y jóvenes que despiertan cada mañana temprano: levantan el día caligrafiando las aceras con mucho garbo, su huella alegre  sobre arenas y barrizales después de una noche de lluvia,  sus saltos y risas sobre las orillas de las calles y las carreteras que, entre palmeras, trazan el camino hacia la escuela.

Es esta una imagen de vida y esperanza que llena mis ojos y mi corazón, además  me trae a la memoria el Jardín de Dios, bella  y conmovedora despedida del gran poeta hindú Rabindranath Tagore que dedicó a los niños de la escuela de Santiniketan de la India pocos días antes de su muerte el 5 de agosto de 1941. El anciano que era por aquel entonces, encaminándose ya hacia la muerte, nos brinda un canto de fe en la vida al  evocar la fragilidad de la existencia, atravesada, sin embargo,  por el deseo de plenitud, por el anhelo de eternidad.

En lo que somos  de verdad, somos inmortales; y cuando estamos de parte de la verdad, estamos de parte de la inmortalidad. Pero el hombre, al dar su vida a cambio de objetos sin sentido, la derrocha…

Luego continúa apreciando nuestro parentesco con el mundo que arraiga y se nutre en  el amor que nos ha engendrado, en las figuras del padre y de la madre. Pienso en estas cosas mientras preparo algunas charlas de formación sobre la educación y la familia, cuando entramos en los umbrales del Adviento,  un tiempo de inicio en el que mi misión en  Guinea va tocando a su fin, cumpliendo estas últimas semanas,  llenas de fiestas,  celebraciones,  encuentros…  Escribo oyendo desde la terraza de la parroquia la algarabía de gritos, risas y juegos de los niños de la escuela vecina.  Es la música de fondo  que me acompaña cada día, voces de esperanza, de voluntad esforzada por salir adelante, en medio de las dificultades, que no son pocas. Voces pletóricas de ritmo y de color,  como los árboles,   las nubes que envuelven el pico Basilé,  o las ropas de las madres que también transitan, y apuntalan la vida en su ir y venir de la escuela al mercado, por los alrededores de la parroquia. Y vuelvo a Tagle:

Nosotros nos hemos reunido  en el rincón de este pequeño jardín. Como yo, ansiáis la verdad. Todos somos niños que lloramos a oscuras por nuestra Madre Eterna. Esta reunión nuestra, bajo estos árboles , será también creadora en nuestras vidas, continúa el poeta.

Cuando miro  al fondo del patio veo a Indu, la mamá del bebé que nos ha nacido en la festividad de Cristo Rey que cierra el año litúrgico, es el  hermanito de Domingo, el hijo de Yakuva,   nuestro sereno vigilante, nuestro Ángel guardián,  el que abre y cierra portones,  el que pone la bomba del agua, el que arregla los desperfectos y las pequeñas averías domésticas que van surgiendo en una casa tan grande como es esta iglesia,  esta parroquia tan concurrida.

 Entonces siento que estoy realmente en el jardín de Dios, una más en medio de esta gran familia que me ha acogido en esta parroquia de Santa Maravillas de Jesús. Pienso en las Martas, en los Coros, en los monaguillos…  En los  pequeños que  frecuentan la catequesis y florecen en el patio cada sábado, en los muchachos que vienen a jugar a fútbol cuando las  encharcadas de la tormenta  entre las dos porterías se lo permiten. Así  en vísperas de Adviento experimento como un anticipo del reino prometido, del Niño que viene, mensajero de paz, pues nos visitará el sol que nace de lo alto, porque este lugar es efectivamente para mi hoy  ese jardín que enraiza en la alegría de  Dios, desde este pequeño lugar de África siento profundo agradecimiento por haber podido venir aquí, y estar, crear lazos, sembrar un poco tal vez,   recibir un mucho, renovar mi fe en la vida y las energías que la sustentan:

Porque en la creación de  Dios nada tiene fin, en el jardín De Dios la flor se abre y se mustia, pero no es porque se acaba, florece una y otra vez…, así todas las relaciones reales, las felicidades ciertas.

Sagrario Rollán