‘Masculinidad’ y Evangelio
Según diversos estudios, en los Evangelios la masculinidad de los discípulos con frecuencia carece de la mayoría de los rasgos atribuidos socialmente a los varones en aquella época e, incluso, hoy en día. Por ejemplo, para Jesús, los discípulos no deben buscar el honor a través de medios tradicionalmente masculinos como son el reconocimiento público (Mt 6, 1-4; 23, 6-12), la venganza (Mt 5, 38-42) o la acumulación de riqueza (Mateo 6, 19-21).
En el evangelio de San Marcos se afirma que los discípulos impidieron que unos niños se acercaran a él. Jesús reprendió a los discípulos, acogió a los niños y abrazándolos los bendijo imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16). Una actitud por cierto muy poco masculina según los cánones de la época. Los Evangelios atestiguan la construcción del género masculino de los primeros cristianos como una superación de limitaciones que les imponían el judaísmo y la cultura grecorromana. Los cristianos de las primeras décadas se vieron desafiados por el ejemplo Jesús, que quebró barreras de género, religiosas y de configuración social.
También en su encuentro con las mujeres, Jesús rompió códigos de género. En el cerrado mundo masculino de los maestros judíos, se dejó interpelar por la mujer siro-fenicia (Mc 7, 28), discutió de teología con la samaritana (Jn 4, 7-26), tuvo discípulas (Lc 8, 2-3; 10, 38-42), defendió el derecho de las mujeres a participar en reuniones masculinas (Mc 14, 6) y afirmó el don profético femenino (Mc 14, 8-9). Y en una sociedad que consideró el matrimonio como única ubicación social aceptable, Jesús se mantuvo célibe. Propuso que la prioridad de formar un hogar y procrear quedaba supeditada a las exigencias del Reino y el anuncio de la Buena Nueva.
Jesús invitó a discípulos varones a quebrar el patriarcalismo por medio del incumplimiento de obligaciones como el entierro a los padres (los pasajes de Mt 8, 21-22 y de Lc 9, 59-60 ofenden el cuarto mandamiento); consideró la acentuación del conflicto familiar como una condición de discipulado (Lc 14, 26-27; Mt 10, 37-39) y les dijo que la fidelidad a Dios está por encima a la lealtad a las estructuras patriarcales. Por otra parte promovió una comunidad de discípulos varones y mujeres con rasgos de desarraigados sociales, que incluía varones casados y solteros, mujeres casadas y solteras, y tal vez algunas mujeres, cuya reputación hubiera sido deshonrosa para el grupo.
En su relación con las personas, en su manera de aproximarse, eran fundamentales el contacto físico (Jn 13, 23), la empatía emocional (evidente en el vocabulario de los evangelistas: compadecerse, apiadarse, de Mc 1, 41; 6, 34; 8,2; Lc 7, 13), la satisfacción o gozo en su vida interior (Lc 10, 21) y el apoyo emocional dado y recibido por otros varones (Jn 21, 15-18).
Las parábolas buscan armonizar e integrar lo masculino y femenino, y nos presentan unas desconcertantes características de Dios, como en el caso del padre que acoge sin dudarlo al hijo que se había ido, o en hombres como el buen samaritano, que realizan tareas femeninas consideradas femeninas. Al narrar la parábola del pastor que encuentra una oveja perdida, Jesús agrega que tiene la misma alegría que la mujer que encuentra la moneda; los cristianos deben ser como los lirios del campo, que no hilan ni tejen, y como las aves, que ni siembran, ni cosechan ni almacenan en graneros (Mt 6, 25-32).
Jesús no asumió los títulos patriarcales de rabí, maestro, padre (Mt 23, 7-10), los más elogiosos que una sociedad patriarcal podía otorgar. Presentó el poder como servicio no como dominio al lavar los pies a sus discípulos e invitarlos a practicar lo mismo, una tarea de mujeres a sus esposos o padres, o de esclavas a sus señores (Jn 13, 1-20).
No ocultó ni disfrazó la expresión de sus sentimientos: se maravilló de la fe del centurión (Mt 8, 10); lloró ante la muerte de Lázaro (Jn 11, 35), alabó a Dios con el corazón henchido de emoción (Lc 10, 21); suspiró (Mc 7, 34); se encolerizó al nivel de la expresión física (Mc 11, 15) y miró con cólera (Mc 3, 5); también pidió apoyo emocional (Mc 14, 34). Sus acciones de misericordia respondieron al sufrimiento humano y sus parábolas demostraron el interés por las emociones humanas.
El varón Jesús no se dejó llevar por estándares escritos y rígidos en las relaciones interpersonales para mantenerse célibe. Vivió una sana y equilibrada masculinidad en su trato con mujeres y en lugar de tratar a sus compañeros en un modelo de dominación y sumisión, los animó a seguirlo en un modelo en el que la carga es ligera; les dijo que vinieran hacia él y encontrarían reposo (Mt 11, 28-30). Se distanció de los grupos del judaísmo que proponían respuestas violentas y exclusión de los extranjeros; y, además, enseñó el amor a los enemigos (Mt 5, 43) como imperativo para sus seguidores.
Fray Ricardo Aguadé, OP
