Opinión

Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón

El controvertido papel de los sentimientos en la experiencia de la fe se ha venido a poner de relieve en los últimos días con la nota de los obispos titulada Cor ad cor loquitur.

Tal cual, una reflexión motivada, según se indica, por observar un renacer de la fe cristiana, y por una cierta prevención, entiendo, acerca del fundamento de iniciativas de primer anuncio que mueven y seducen mayoritariamente a las generaciones más jóvenes, de una sociedad posmoderna y en buena parte secularizada, donde efectivamente muchos niños no habrían recibido el anuncio… Es una “nota doctrinal” que apunta al discernimiento.

Personalmente me parece una nota pertinente, certera y profunda que vale la pena leer con atención, y reflexionar lo que allí se dice e incluso confrontar con las fuentes, un aparato crítico de casi 40 citas, entre documentos, encíclicas, catecismo, libros de espiritualidad y de filosofía, etc. Cabe resaltar particularmente la referencia al cardenal Newman en cuyo lema cardenalicio se inspira el título.

Se podrían hacer diversas consideraciones para invitar a esta lectura y tal vez para tenerla en cuenta en nuestra reflexión cuaresmal y en la oración. Incluso para abrir algún debate, en ámbitos de catequesis, parroquias o formación misionera. Pero me voy a fijar en la problemática central a la que apunta. El papel de los sentimientos, o las emociones, que no es exactamente lo mismo, en la fe.

Bien sabemos hace tiempo que la fe no es teología, además en la reflexión filosófica sobre la fe de grandes autores agnósticos o ateos podemos ver, en efecto, que una cosa es la experiencia de fe y otra muy distinta el estudio sobre la misma y los diversos modos de abordarla. Ocurre a veces que los autores no creyentes dan en el clavo, por decirlo de alguna manera, o ponen el dedo en la llaga, es decir, en lo que existencialmente más nos concierne, que es nuestro sentir. El papel de los sentimientos y las emociones en la religión ha sido ampliamente estudiado, por la antropología, la sociología, la psicología, la neurología, aparte de la gran tradición filosófica y teológica.

Pero pensemos en el corazón, al que corresponde el título de la nota de los obispos. El corazón como tal está muy presente en toda la iconografía religiosa: escultura, pintura, vidrieras, objetos de culto etc. También en la devoción popular. Estampas, recordatorios de celebraciones, desde la primera comunión hasta las exequias.

Dice María Zambrano que el corazón es sede y registro de nuestro ser y padecer, mas hay que aceptar de entrada que los sentimientos no son fluidos volátiles, intempestivos o especialmente intensos, sino que van sedimentando, de modo que escribimos nuestra biografía espiritual desde el corazón que los acoge. Zambrano, inspirada en la tradición literaria amorosa, no solo religiosa, habla del corazón como vaso y centro. Es vaso porque contiene y recoge, vaso de lágrimas, vaso cáliz desde donde florecer. Mas es también centro, porque desde el lugar físico que ocupa en nuestro cuerpo, apunta a la centralidad de lo que vivimos, así como el pensamiento se suele colocar en el cerebro, un lugar prevalente, más alto, de la geografía moral encarnada. El corazón alumbra el latir de la vida y la expansión de la acción a través de nuestros miembros, como árbol floreciente que da su fruto: Todo pasa por el corazón y todo lo hace pasar, más algo ha de pasar en él que no se vaya con el río de la vida y del tiempo, algo ha de ir haciéndose escondidamente, algo invulnerable y luminoso, leemos en Claros del bosque.

Por otra parte, las referencias al corazón no solo provienen de la devoción popular cristiana o católica, pensemos en el corazón recto, el corazón sincero, el corazón de carne o de piedra, en la Biblia. En el corazón se guardan los mandamientos (Proverbios 3), pero no hay nada tan engañoso como el corazón (Jeremías 17) y se invita al pueblo a que se rasguen el corazón y no las vestiduras (Joel 2) El corazón es central en la piedad judía, particularmente en los salmos y en los profetas. Exhortaciones y deseos que culminan en las Bienaventuranzas: Benditos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, dice Jesús.

De modo que el corazón es nuclear en la experiencia religiosa en general y cristiana en particular. Pero hay que aprender a escucharlo, y tal vez a embridarlo, es necesario hacer el vacío de nuestros propios sentimientos agitados, de los revuelos interiores psicofísicos, sociales, emocionales, que pastan a su antojo por doquier y se alimentan de cualquier estímulo, intensidad, brillo y gorjeo (twitter).  Hablar del corazón en la fe es importante y necesario, reconocer el papel motor y motivador de las emociones se hace imprescindible para un discernimiento sano, que nos ayude a acertar y centrar la fuerza de los latidos del corazón en la escucha atenta, paciente, no racionalizante, pero tampoco meramente pasional. Pues hay sentimientos que conducen perversamente a una exaltación del narcisismo espiritual, y los reflejos e ilusiones de tantos espejos en los que a diario se miran los más jóvenes los pueden confundir. Hay que hacer hincapié en el tema de los sentimientos, por supuesto, no banalizar, sino acoger. Calibrar y purificar las emociones, – en esto abunda la literatura ascética y mística desde antiguo-,  que son reacciones más o menos intensas y poco duraderas, discernir y filtrar para llegar a los sentimientos más profundos, los sentimientos que son propiamente  interpretación consciente que el sujeto asume y diferencia haciendo frente a emociones  ya asentadas y probadas, esto nos enseña la psicología.

Y María Zambrano nos alerta: El discernir no es posible donde el vislumbrar se acaba. Se equivocaría peligrosamente el corazón si creyera, como en un sueño, dominar las tinieblas, si se dispusiera a hacer frente a la nada… La voluntad solo puede,  cuando puede en la luz del entendimiento que discierne las cosas.

Sagrario Rollán