Cultura

¿Qué podemos hacer con nuestras pérdidas?

Cerramos el año, abrimos otro período, hacemos balance, y he aquí que en estos días cae en mis manos un librito de hace años, recién reeditado, circularidad de la búsqueda, como la vida misma, las lecturas que nos ayudan a interpretarla y darle sentido…

Así la pregunta que abre esta reflexión. Para empezar a saber qué hacer con las pérdidas habremos de saber qué hemos perdido, luego asumirlas y registrarlas en la memoria del corazón, que no significa recrearse en la nostalgia. Se trata más bien de no esquivar ni ignorar, tampoco minimizar como si nada hubiera pasado. A veces ocultamos las pérdidas a los demás, incluso a nosotros mismos, con frecuencia disimulamos como si todo fuera igual. Sin embargo, se hace necesario saber lo que hemos perdido y de qué manera, habremos de encarar duelos, olvidos, frustraciones, desengaños, traiciones. Será preciso que nos dispongamos a lidiar con la aflicción para no culpar a los demás de las pérdidas, pero tampoco castigarnos a nosotros mismos.  La pérdida acontece y hay que afrontar el duelo. Somos seres vulnerables y precarios, la vida humana no es una excepción, toda vida está expuesta y sujeta a la generación y a la corrupción, ya lo apuntó Aristóteles. Los humanos somos conscientes de ello.

Henri J. M. Nouwen, seguramente conocido de nuestros lectores por El regreso del hijo pródigo (1991), nos invita a un aprendizaje singular con El corazón en ascuas (2025). Aprender a lamentar las pérdidas, incluso verter lágrimas, afligirnos de verdad, dejar al descubierto nuestra vulnerabilidad, ser conscientes de perder la protección, la falsa seguridad en la que nos habíamos instalado, aceptar la imperfección y la precariedad. El lamento nos hace darnos cuenta del abismo de la vida y la muerte, no hay nada establecido, no hay nada que esté dado para siempre. Así la impermanencia, este concepto budista: la impermanencia (annica) es una de las verdades universales que explican la realidad junto con el sufrimiento (dukkha). Todo está moviéndose y cambiando constantemente, entonces cuando sentimos la pérdida debemos dejarla ascender a la conciencia y abrir los ojos del corazón, mas también los ojos exteriores a un mundo en el que tantos seres humanos sufren pérdidas que exceden nuestra imaginación y nuestra capacidad de soportar. Un mundo de presos, refugiados, enfermos, niños que mueren de hambre, tantos hombres y mujeres que viven sin nada constantemente atenazados por el miedo… Entonces el lamento por nuestras pérdidas se puede tornar en compasión y hacernos capaces de sentir con otros, de conectarnos con el llanto y el dolor de una humanidad que realmente sufre. Cuando el llanto nos sobrepasa escuchamos la bendición del sermón de la montaña en toda su verdad: dichosos aquellos y aquellas que lloran. Solo así seremos capaces de volver una mirada agradecida a la bendición del don oculto que se guarda en la pérdida y en las lágrimas. Lo contrario de esta actitud, reflexiona Nouwen, es el resentimiento, la queja mezquina: ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué a mí? La queja mezquina no hace más que arañar nuestro corazón, irritarlo y hacerlo, no más sensible, sino encostrado y endurecido al sufrimiento de los otros.

Finalmente, El corazón en ascuas viene a situarnos en el camino de Emaús y en la Eucaristía. Hay ecos y texturas de la vida, de la enfermedad y la muerte que nos pueden hablar de otra manera. Solo se trata de hacerse a un lado. De descentrarse, o sea quitarse del punto de mira. La conversión de la mirada hace surgir poco a poco el sentir del agradecimiento. Entonces por la mañana a Laudes rezas mi alma tiene sed del Dios vivo (Sal 42) y por la tarde, a Vísperas, te llamé y me escuchaste, aumentaste el valor de mi alma (Sal 138).

Y en medio del día se despliega el resplandor cenital de la Eucaristía: nos abrimos al reconocimiento, caemos en la cuenta de que el que toma el pan y el vino es aquel que ha deseado entrar en comunión con nosotros. La comunión es lo que tanto Dios como nosotros deseamos, es el grito más profundo del corazón de Dios y del nuestro porque hemos sido creados con un corazón que solo puede ser satisfecho por aquel que lo ha creado… Dios lo sabe, pero nosotros solemos ignorarlo y seguimos buscando en cualquier otro lugar esa experiencia de pertenencia.

Desde la Eucaristía podremos decidirnos, pues, a abrir la puerta al desconocido, o podemos elegir dejar al desconocido que prosiga su viaje y siga siendo un extraño, pero también podemos invitarlo a nuestra intimidad y dejarle que toque cada partícula de nuestro ser. Citando las últimas líneas de este breve ensayo hay que subrayar que, según su autor, el extraño es el compañero de Emaús, Jesús resucitado a la mesa con sus amigos, pero es, si afinamos en la lectura de los evangelios, aquel que pasa invisible por nuestros umbrales, o que duerme a la intemperie, o que sufre en el lecho del hospital, o el preso sin causa, porque tuve hambre…, (Mateo 25). Solo Él, desde el centro de la Eucaristía y los márgenes de la calle inhóspita, puede transformar nuestro resentimiento en agradecimiento. Tal es la vida eucarística, una vida en la que cualquier cosa es una manera de decir gracias a Aquel que se unió a nosotros en el camino.

Sagrario Rollán