Religión

Para un kit de Esperanza

Pronto las vacaciones de Semana Santa o de primavera, según cómo se mire…, más borrascas, más aranceles, las guerras se recrudecen. La carrera armamentista no tiene tregua, hay que prepararse para lo peor, dicen… Lo peor, las lecturas de la liturgia se van poniendo también difíciles, situaciones dramáticas de enorme tensión en las que se encuentra Jesús: incomprensión, escándalo de unos, dolor de otros, mientras se acercan los días de la pasión “voluntariamente aceptada” (no lo olvidemos)

Así me encuentro preparando un kit de esperanza para tiempos desesperanzados, para tiempos de miedo, de alarmas sociales y geopolíticas. Pienso en lo que hace un siglo escribía T.S.Eliot, el poeta angloamericano:

“Le dije a mi alma, estate quieta, y espera sin esperanza
porque la esperanza sería esperanza por lo equivocado; espera sin amor,
porque el amor sería amor por lo equivocado; todavía hay fe.
Pero la fe y el amor y la esperanza están todos en la espera.
Espera sin pensar, porque no estás lista para pensar:
Así que la oscuridad será la luz, y la quietud el baile”.

Y vuelvo a releer estos poemas en los Cuatro Cuartetos, leo y releo, porque igual que son circulares en su composición, para mí han sido circulares en repetidas circunstancias de la vida, profundizados en diversas capas de sentido a lo largo del tiempo, pues empecé a leerlos muy joven.

Me parece que los momentos que atravesamos ahora no son ni mejores ni peores que los de hace algunos años, a principios o finales del siglo, y aún no son más complicados que los que atravesó Europa en la mitad del siglo pasado. Entre las dos guerras se desataron unos conflictos imprevisibles, las guerras se sucedieron y las guerras hoy continúan en tantos lugares hacia donde no miramos, a nuestras espaldas y bajo los pies vacilantes de nuestros sueños más utópicos.

Sin embargo ¿hay esperanza?, ¿qué significa la esperanza?

Desde luego no podemos cambiar el mundo, pero sí, tal vez, reorientar nuestra mirada. En primer lugar, mirando hacia adentro, como ya señalé días atrás, y explorando justamente nuestras miserias y nuestros desiertos, luego, desde ahí, intentar situarnos en la orilla de la humildad, rebajar expectativas e ilusiones, es decir, apartar esa fe ciega, impulsada por los medios de comunicación y las redes, en tantas cosas de las que no tenemos control y que nos conciernen o no, más o menos, de lejos o de cerca.

Desde la atalaya de la humildad – andar en humildad es andar en verdad- decía Teresa de Jesús, asomarnos al horizonte infinito de lo infinitamente pequeño, al horizonte más cercano, familiar y doméstico que es el de las responsabilidades, aciertos, intenciones y voluntad paciente y prudente de nuestra vida cotidiana. Para poder construir y vivir, no al margen del mundo, pero sí centrados y atentos, no distraídos con los miedos que se pretende imponernos. Construir y domesticar esperanza y paciencia, como hicieran algunos poetas y muchos santos tiempo atrás, apuntalando una interioridad serena y despejada, espacio desde el que comprender y abrazar, desde el que orar y apuntalar para creer aún cuando todo está en contra, cuando parece imposible la paz y la fraternidad, cultivar jardines interiores de misericordia, cuyos frutos recogerán otros, quien sabe dónde y cuándo.

Sabemos que los asuntos políticos, sociales o ideológicos nunca fueron los aliados de la esperanza, nunca fueron claros. Jesús murió crucificado en medio de una gran turbulencia social. En buena parte esa muerte y esa condena fueron un asunto político, compromisos interesados de unos y de otros, desaciertos y miedos de las masas enfurecidas.

Pero en realidad Jesús murió por una pasión, una pasión de amor consentida en la que en el último momento de angustia suprema, sin embargo, parecía faltar el aliento de esperanza, el amor y la misericordia. ¡Tengo sed! grito de angustia, mientras el velo del templo se rasgaba toda esperanza se oscurecía: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Por eso, si nos acogemos a este grito de dolor entregado: en tus manos encomiendo mi espíritu, tal vez todavía podamos seguir fortaleciendo la esperanza, pues ahí mismo, en la hondura del grito y del abandono, en esperanza, fuimos salvados.

Kit de esperanza para tiempos oscuros: una dosis de humildad, varios litros de sed, más que de agua, de vida verdadera, sed para encontrarnos la sed de Dios. Algunas cuerdas luminosas para medir perspectivas y horizontes, de manera que no nos consideremos el centro del mundo, cada uno en su yo y mucho menos cada sociedad… Quizá prismáticos para alcanzar a ver tantos lázaros acuclillados en las puertas de la miseria, detrás de los pasillos de tantos epulones… Y algunos fósforos que alumbren nuestros pequeños miedos en los momentos mas acuciantes.

Entre semanas de borrascas, de guerras comerciales, de vacaciones intempestivas, el Jubileo de la Esperanza nos invita a saber estar, volviendo con T. S. Eliot:

“Espera sin pensar, porque no estás listo para pensar:
Así que la oscuridad será la luz, y la quietud el baile.
Susurro de arroyos corriendo, y relámpagos de invierno.
El tomillo silvestre invisible y la fresa silvestre,
la risa en el jardín, eco de éxtasis
no perdido, sino exigiendo y señalando la agonía
de muerte y nacimiento”

Sagrario Rollán