La Pascua es Intimidad
La Pascua siempre es novedad. Aunque se trata de una novedad tan nueva que puede pasar desapercibida en el correr de todos los días. Los testimonios del Evangelio utilizan los lenguajes del encuentro, la sencillez y lo cotidiano para expresar, siempre limitadamente, cómo es que el Resucitado a irrumpido en lo que parecía un fracaso. Por eso los lenguajes del Pastor bueno nos permiten acceder a la realidad del Resucitado y a la fuerza de la Pascua.
En el relato, el Pastor bueno se identifica por la especial relación que tiene con sus ovejas. La clave está en un juego de intimidad que les enlaza en amor y libertad. “Conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mi” (v. 14). Este conocimiento está reforzado por el cariño especial del Pastor, que, ante el peligro se queda, cuida y hasta “da la vida” (v. 15). La Pascua se experimenta en el cuidado, en la experiencia de la intimidad y la confianza, que vincula desde la libertad. Ahí dónde somos sabemos que necesitamos ser salvados y alguien se atreve a hacerlo.
Por otro lado, esta relación especial entre ovejas y Pastor está caracterizada por la escucha. La intimidad también se hace cuando la voz de Aquel que ha pronunciado nuestra historia con ternura y delicadeza se comienza a distinguir de otras. El anhelo del Pastor es atraer a otras “para que escuchen mi voz” (v. 16) y agrandar esta comunión.
Tal vez el testimonio más vivo es el de María Magdalena en la mañana de Pascua: Ante el vacío y sus preguntas sin responder, escucha su nombre y su corazón pronunciados por la boca del Resucitado, evocándole aquello que le cambió la vida y que le permite ir más allá del miedo y la frustración, mirando todo con otros ojos. La Magdalena entró en la novedad de la Pascua.
La Resurrección no es algo del todo evidente, pero atraviesa toda realidad. Ahí en dónde el cuidado y la ternura crean espacios de acogida y comunión, la Pascua se comienza a palpar. Entrar en su dinámica es abrirle espacio a vínculos que lo reflejen. De ahí la importancia de permitirle al Pastor bueno que pronuncie nuestra vida, sus aciertos y errores, nuestras búsquedas… es la escuela en dónde aprenderemos a hacer cada vez más evidente que siempre es posible el amor que vence a cualquier muerte.
fr. Ignacio Castro Ortega op
