VIA CRUCIS LA LLAMA. Decimocuarta Estación.
Jesús es colocado en el sepulcro.
Imagen: Sepultado. Decimocuarta estación del Via Crucis. Fray Félix Hernández, OP. www.felixhernandez.com
Evangelio según San Mateo
«José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro nuevo que
había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro
y se fue.»
Solo unos pocos fueron testigos de la primera «procesión magna» de la historia: Dos que eran casi desconocidos, una madre y un par de amigos. Y esos pocos, una vez que la losa cubrió el sepulcro, marcharon de aquel sitio quizá con cierto punto de alivio porque ya no habría más sufrimiento. Y a decir verdad, no cabía más. Por ello, la XIV estación del Vía Crucis es toda una invitación a que nos adentremos, con la seriedad y el respeto que merece, en el «Sábado Santo». Pero esto no se puede hacer de cualquier manera. No. Debemos ser conscientes de que este sábado no es cuestión de un día sino, más bien, nos encontramos ante un tiempo existencial en el que de manera inevitable surge la siguiente cuestión: ¿Y ahora qué?
Si lo pensamos con tranquilidad y detenimiento buena parte de nuestra existencia la pasamos inmersos en el Sábado Santo. Porque todos, en mayor o menor medida, hemos experimentado esa calma cansada después de una fuerte tormenta que ha sacudido sin piedad hasta el más firme de los pilares que nos sostenían. Una quietud que trae consigo el silencio, la lentitud y las dudas. También ese cierto agotamiento emocional cuando ya no quedan casi lágrimas. Una calma esta donde las heridas ya no sangran, pero la realidad es que aún duelen. Ahora bien, dentro de todo este alboroto de emociones que agotan, aburren y hasta nos pueden llevar a pensar que la existencia es un sinsentido, el cristiano debe saber buscar esa «espiritualidad del Sábado Santo» donde la espera y la esperanza marcan con firmeza el compás de la fe.
Es cierto que contemplar el sepulcro nos remite a la mordida que la muerte hace sin piedad alguna y de la que nadie va a quedar dispensado. Pero sabemos que nos encontramos ante un hecho biológico que tarde o temprano le llegará a todo ser vivo. Sin embargo, la espiritualidad del Sábado Santo nos hace mirar desde la racionalidad de nuestra fe, que el hecho de la muerte es tan solo un hiato en la historia de los vivientes; que no es su última parada. Por ello la esperanza es la que ha de movernos para que la nostalgia y la frustración no se apoderen de nuestras ilusiones, y poder así sentir la sorpresa inagotable del misterio de la existencia que crea nuevas formas y momentos, nuevas experiencias y situaciones. Jesús, en esta XIV estación del Vía Crucis, ha sido colocado en el sepulcro. «Nunca tan adentro -nos canta un himno de la Liturgia de las Horas- tuvo al sol la tierra». Pero quien vea en este hecho un fracaso es que está más rendido que esperanzado; es más incrédulo que creyente; está más muerto que vivo. Porque el sepulcro es tan solo la tristeza de un instante que precede a una alegría sin fin y a una esperanza invencible. Porque las imperfecciones nunca serán más fuertes que la gracia ni el odio podrá superar jamás al amor.
Fray Ángel Fariña, OP
