Religión

Aprender a esperar

No son buenos tiempos para hablar de esperas. No solo porque la inmediatez de las redes se ha colado en nuestros modos de vivir, haciendo intolerable lo lento, sino también porque en medio de guerras y violencias de todo tipo no hay nada que esperar. Sin embargo, si logramos detenernos un poco, descubriremos que cuidar las esperas es más importante de lo que creemos.

Usualmente lo importante requiere de espera: los embarazos, conseguir un título, hacer un viaje a un destino anhelado, incluso cocinar algo especial. La vida tiene una gran cuota de esperas que comienzan y terminan, unas largas y otras más cortas. La vida misma es una espera. Y lo que es aún más importante: el amor también es una espera.

Cuando surge el amor, surge también una espera. Amar nos abre al otro, pero también nos recuerda nuestros límites, la incompletud que somos y el miedo a perder. Sin embargo, los que han amado saben que para vivir el amor hay que atravesar esas aguas. Es necesario aprender a esperar porque, como sugiere el evangelio de este domingo, es en medio de la noche que podremos ver los frutos del amor.

A esperar, y a amar, se aprende. Las jóvenes previsoras que cuidan el aceite para que no falte, sobre todo en lo incierto, viven en una espera que, paralelamente, fomenta la paciencia de quien confía y la impaciencia de quien desea. Es una espera vigilante, despierta, realista y al mismo tiempo encendida en un anhelo que tensa la esperanza. Reconoce la distancia y la ausencia, hasta llegar la noche. Sin embargo, descubre que la espera también es una presencia que abre otras dimensiones del ser y de la relación. Somos más que un reclamo, si sabemos esperar.

Las jóvenes que no cuidaron su aceite y no supieron esperar se quedaron en los límites de su presente. La espera fue vivida como tedio ante la frustración, quedándose en un hoy demasiado cerrado. La ausencia se intentó llenar con una inmediatez que olvida el recorrido y borra la distancia. La noche engulló la espera, el deseo y, por lo tanto, el amor.

Al Señor también hay que aprender a esperarlo y a amarlo. Es importante cuidar su espera en cada momento, persona, historia, herida y esperanza. Requiere que mantengamos vivo el deseo, sabiendo que al que esperamos nos quiere llevar con Él a una fiesta de bodas. Hay que esperarlo hasta que experimentemos que su ausencia es, en el fondo, su libertad abrazándonos y sobre todo, liberándonos.

fr. Ignacio Castro Ortega op