Una auténtica autenticidad
El uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales han abierto una nueva etapa en la historia de la humanidad. Todavía no sabemos hasta dónde, pero este auge modifica nuestra manera de entender el mundo, la vida, y, sobre todo, nuestras relaciones. Justamente en los vínculos, ahí dónde estamos configurados para ser felices, es que la tecnología se ha instalado para modificar formas y lenguajes.
En este sentido, vivimos tiempos complejos en dónde es difícil decir-se. O por lo menos, completamente. No solo por los riesgos de la malinterpretación, sino sobre todo porque las redes hablan de nosotros, pero de forma parcial. En las idas y venidas de publicaciones y fotos, ¿Qué es lo auténtico? ¿Qué relación hay entre lo que mostramos y lo que vivimos? El valor de lo real, en su hondura y complejidad, muchas veces no encuentra el espacio que sólo el tú a tú, con cuerpo incluido, ofrece para comprender, acoger y vincularnos.
La autenticidad, don y tarea, emerge como un camino que recorrer. Y el Evangelio del domingo nos ofrece dos maneras de relacionarnos con ella.
La parábola de Jesús nos sitúa ante la petición de un padre a sus dos hijos de ir a trabajar a su viña (Mt 21, 28-32). Los dos responden, pero los dos se contradicen. Uno dice que no, y luego va, y otro dice que sí, pero luego no va. En ambas respuestas hay dos maneras de responder al llamado de la autenticidad.
En primer lugar, tenemos al hijo que se afirma desde el “no quiero” (v. 29), pero luego se decide a des-decirse e ir. En este movimiento descubrimos un corazón ablandado por las circunstancias y por sí mismo. La clara no-voluntad de ir a la viña es matizada por la consideración y una mirada más amplia. El intenso y pulsional “no quiero” se agrieta, tal vez, ante la necesidad del padre que requiere ayuda en el trabajo. La autenticidad, en este caso, no es quedarse en el “no quiero”. También se trata de recorrer y considerar, los quereres y necesidades de otros.
En segundo lugar, el hijo que rápidamente dice ir, pero que finalmente no va (v. 30) nos habla de una impulsividad sincera, pero sin horizonte. Tal vez este hijo miró la necesidad de su padre, pero le faltó mirar su propia realidad. Tal vez su rol legal de hijo le obstaculizó la sinceridad necesaria para poder salir de sus seguridades. La autenticidad es parcial, porque se queda en el yo, sin salir a la realidad, al otro, quedándose estancada en los diques del yo-centrismo.
Con todo, lo importante de la vida se gesta con tiempo y no sin contradicción, en la lucha por la autenticidad, en la lenta y delicada integración personal, cocinada al fuego lento de las opciones y encrucijadas, entre lo que soñamos ser y lo que somos, hasta que un día seamos capaces de decir y ser en un solo acto.
Jesús remata la parábola de manera muy transgresora: Quienes ya recorren este camino son las prostitutas y los recaudadores de impuestos, es decir, los excluidos (v. 32). Son ellas y ellos quienes, libres de expectativas y algo que perder, le escucharon a Juan Bautista. Y es que vivir desde la fragilidad, abrazándola, permite recorrer mejor el camino de la autenticidad. En las heridas y en la frontera de la exclusión el amor que llega libera y transforma, no quedándose en cálculos y seguridades.
Más allá de apariencias, redes sociales y altas tecnologías ¿Qué nos enseñan los excluidos de hoy? ¿Las personas pobres, los inmigrantes, la diversidad sexual, los pueblos originarios oprimidos? ¿Qué tenemos en común?
Para Jesús lo valioso se juega en la lucha por la autenticidad, débil y valiente, del que se sabe necesitado, pero que, en el camino de todos los días, deja fluir lo mejor de sí para salir al encuentro del otro. Con pantallas, redes sociales, o sin ellas.
fr. Ignacio Castro Ortega op
