Opinión

Cuestión de medida

Tengo la costumbre de comenzar mi día leyendo el Evangelio y un comentario. Muchas veces me sorprende que parece que el Evangelio del día estuviera especialmente pensado y planificado según lo que necesito en cada momento. Ayer no fue la excepción, el pasaje de Lucas (6,36-38), corto, pero con mucha miga, me venía como anillo al dedo: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará…. con la medida con la que midiereis se os medirá”.

                Ahí…. ¡casi nada! Es tan corto que como nos despistemos, en unos segundos pasamos página y seguimos con nuestra vida. Pero…. a poco que nos detengamos en él, es un pasaje que interpela, y me atrevería a decir que, si dejamos que nos toque, fácilmente nos da bofetones.

                Ayer me vino especialmente bien para “cosas mías”, pero sobre todo fue muy iluminador para abordar algunas cuestiones de convivencia con “mis adolescentes”. Desde hace unas semanas comparto mis tardes con un grupo – no pequeño – de la ESO, y… como imagino que nos pasa a todos, muchos de los conflictos que surgen y crecen podríamos solucionarlos mejor y más rápido tomándonos en serio y aplicando este pasaje del Evangelio.

                Llevaba ya unos días dedicando no poco esfuerzo, tiempo, y conversaciones privadas con unos y con otros intentando que “mis chicas” se bajaran un poco de la burra e intentaran dar un pequeño paso para hablar e intentar solucionar un conflicto, pero siempre llegábamos al mismo factor bloqueante: “Yo”… y más “Yo”…. Y…. bueno, lo “de siempre”, que “Yo” estoy bien y tengo que quedar públicamente por encima. Pero claro, si cada “Yo” cree esto firmemente y de manera inamovible…. mal vamos.

                Así que esta mañana, tras la lectura del Evangelio, me seguí con un pequeño comentario de Ain Karem y… ¡click! la bombilla se encendió y mi rato de oración se transformó en una maquinación (si es que lo podemos llamar así) para que este pasaje y su comentario fueran mis aliados vespertinos. Y así comencé el estudio, dejando para otro momento la introducción de cuaresma que tenía preparada, pues… tocaba para probar suerte.

                El inicio fue al son de un “buf, nos vas a hacer leer la Biblia”…. claro está que era un despropósito para más de uno, pero como era lo que había, allá fuimos, claro está que no sin intentos de reventar el momento. Fue necesario leer el inicio del comentario varias veces antes de tener atención profunda de todos. El comentario comenzaba: “Nuestros juicios mentales y nuestras palabras tienen mucho poder. Con ellos podemos construir o destruir, curar o lastimar  a los demás, a veces con heridas muy profundas. Con la medida con la que midamos se nos medirá, nos recuerda Jesús”. 

                Hubo silencio. Creo que quedaba suficientemente claro que esto no nos servía exclusivamente en el plano de la religión, sino que es una máxima en todos los ámbitos de nuestra vida…. Incluso para nuestros conflictos adolescentes de amistades, amores, y desamores. Quedó claro que nuestros juicios y nuestras palabras van y vuelven, que tienen poder para herir y para curar, para construir y para destruir… y que siempre tenemos la opción de medir lo que decimos y cómo lo decimos; lo que hacemos y cómo lo hacemos. Importante también el matiz de que esto nada tiene que ver con la ley del talión, sino con la misericordia, la empatía, la amistad, las relaciones…

                Estamos de acuerdo en que todo necesita su proceso y que estos temas no son cuestión de magia, sino precisamente de medida. De ser conscientes de que la medida que aplicamos a los demás es la que nos puede ser aplicada a nosotros… ¿es la que desearíamos?

                Sin duda esta lectura y el diálogo que vino después no harán que todo se solucione en un momento, pero me alegré al ver que “mi aliado” de la tarde había sido de provecho, tanto para quienes necesitaban especialmente escucharlo y trabajarlo en esta situación concreta, como para quienes – aparentemente – no tenían necesidad.

Mónica Marco