Opinión

En nombre del Dios de Abraham, recuperemos la piedad

Ocurría en la tarde-noche del pasado miércoles. Un individuo de nacionalidad marroquí asesinaba con un machete a un sacristán de un templo católico en Algeciras, y dejaba heridas de gravedad a otras cuatro personas más. Como es lógico los medios de comunicación desde el primer instante se hicieron eco de lo ocurrido. Con más o menos cobertura, pero lo cierto es que no ha pasado inadvertido este asesinato. Así las cosas, los medios que le han dedicado más tiempo y aportan una información más amplia sobre lo ocurrido ofrecen un dato que merece una seria reflexión. Ahora bien, e insisto en lo de seria, esa reflexión debe estar lejos de fanatismos, revanchas, improperios y demás cuestiones intolerantes que alejan de lo cívico y lo racional.

Según parece el asesino antes de arrancarle la vida a su víctima pronunció el nombre propio «Alá» -lo escribo de esta manera dado que la RAE argumenta que con una sola ele y sin hache es la escritura recomendada del nombre con el que se suele llamar a Dios en la cultura musulmana-. Y yo, a raíz de ese dato, me pregunto: ¿Creen ustedes de verdad que este asesino es una persona creyente? Y si la respuesta es afirmativa, ¿de verdad creen que profesa el Islam? Si alguna vez me habéis leído en esta web habréis podido comprobar que las más de las veces lanzo muchas preguntas, pero que nunca me mojo en dar respuestas; al menos de manera directa. Pues bien, en esta ocasión no va a ser así. Las dos respuestas, para un servidor, son negativas. El autor del asesinato con toda seguridad me diría que sí. Es más, también estoy seguro de que el argumento que daría sobre el porqué le arrancó la vida a un hermano suyo, en tanto que los dos son descendientes de Abraham, lo haría desde un falso y erróneo planteamiento religioso. Y digo que es falso y erróneo porque de ser un verdadero creyente jamás habría despreciado, de una manera tan vil y tan sucia, la gran virtud de la piedad.

Dicho lo anterior se pueden estar preguntando el por qué saco el tema de la virtud de la piedad. Pues bien, la piedad es esa virtud que nos capacita para reconocer lo sagrado. Y cuando esto ocurre, es decir, cuando reconocemos que algo rebosa sacralidad, la tolerancia es el santo y seña que dirige todo el actuar social. Porque el piadoso es el que respeta, el que convive y el que escucha con atención todos los altavoces. Piadoso es aquel a quien no le corroe la envidia ni la denigración es su actuar principal. Piadoso es aquel que sabe captar lo sobrenatural que habita en lo natural. Pero, sobre todo, piadoso es quien descubre vestigios de lo trascendente y caricias de la divinidad en todo aquel semejante a él. Realidades estas que lo convierten -a su semejante- en algo sagrado y, por esta razón, bajo ningún concepto se puede profanar. Así pues, insisto en decir que este asesino no es creyente de ningún credo, porque carece de lo esencial para serlo: ser piadoso. Por ello, ante este asesinato hay que alzar la voz. ¡Claro que hay que alzarla! Pero para implorar al Dios de nuestro padre Abraham que su descendencia destaque en la virtud de la piedad. Así se conseguiría que no se derroche indiferencia ni faltas de respeto ni ultrajes ni sacrilegios hacia lo sagrado… y quién sabe, quizá dejaríamos de ser lo que somos: una sociedad de irreverentes.

Desde el pasado miércoles los cristianos tenemos un nuevo mártir. Algo verdaderamente innecesario porque, a decir verdad, no nos hacía falta. Es más, no queríamos un mártir más. Pero implorando de nuevo al «Dios de nuestros padres» desde una piedad sincera, veamos en este martirio que a pesar de tanto mal, odios y sinsentidos un día seremos herederos de la felicidad plena. Porque los mártires son para nosotros los la memoria del amor, la libertad, la justicia y la esperanza.

Fr. Ángel Fariña, OP