Esperar orando y orar esperando
Una de las lecciones aprendidas hasta ahora es que aquí pasamos una cantidad importante de tiempo esperando. Primero pensé que era simplemente espera infructuosa, tiempo perdido, pero poco a poco me he ido dando cuenta de que aquí se espera en muchos sentidos. Quizá esto sea difícil de entender desde nuestro ritmo de vida europeo, acelerado, planificado, y muchas veces cuadriculado, pero voy a intentar explicarme.
Aquí esperamos cada día, para cada cosa. Esperamos encontrar una moto-taxi, esperamos en el mercado, esperamos en la parroquia, esperamos durante los atascos, esperamos que el carbón encienda, esperamos…. y esperamos. Muchas de mis esperas las experimento normalmente en nuestro hospital el Centre Hospitalier Dominicain Saint Martin de Porres en el barrio de Mvog-Betsi. A veces espero porque acompaño a alguien enfermo; a veces por trabajo, y algunas veces por mera curiosidad, pero para lo que quiero contar poco importa el porqué esperaba.
La situación es esta: si vas al médico, si buscas a alguien en un despacho, si necesitas una gestión administrativa, si esperas al informático o si vas a la caja… sea lo que sea, lo que pasa es siempre más o menos lo mismo: tu llegas, te reciben con mucha amabilidad (¡esto se agradece!), dices lo que necesitas, y te mandan a la sala de espera. Hasta aquí, como en todas partes. ¿Después que pasa? Pues toca esperar. ¿Cuánto? ¡Ajá! Esa es la cuestión. Tú te sientas ahí, y tienes la certeza de que te van a atender y que te van a dedicar el tiempo que necesites (esto es otro punto muy positivo), y tu asunto va a quedar o solucionado, o encaminado. Ahora bien, esto exactamente dentro de cuánto tiempo va a suceder, ¡sólo Dios sabe!
He pasado ya horas esperando en la sala de la planta baja del hospital. ¡Es todo un centro neurálgico! Esperando observo el trajín de gente que va y viene, consultas en las que entran y salen pacientes, la sala de rayos que no da abasto, la puerta de ecografía que imagino verá pequeños bebés como churros en esa pantallita negra, la cola de gente esperando en la farmacia, a los compañeros de información, de triaje…. y entre unas cosas y otras, alguna formación sobre temas de salud impartida por la Comunidad itinerante de formación del hospital, que más allá de la buena acogida que tienen, le dan un toque extra muy dominicano.
En la planta alta, en el otro lado del edificio, tengo ya un huequito para sentarme al que estoy pensando ponerle nombre, pues siempre lo encuentro libre para esperar cuando necesito a alguien de algún despacho, y como es un punto estratégico para ver a la gente que llega y se va, ¡aquí pillo seguro a quien esté buscando! Esperando observo las habitaciones de los pacientes hospitalizados, a los que suben del quirófano a planta, a la ambulancia que llega – o un taxi – con un enfermo y toda su familia, el trasiego de nuestra cantine… ¡incluso veo llegar la pipa a descargar agua! porque por increíble que parezca, no tenemos agua corriente.
También hago incursiones al sótano, con mis amigos del almacén, donde sucede mucha de la magia del hospital, pues se encargan de guardar y distribuir absolutamente todo lo que todos los servicios y la farmacia necesitan diariamente. Esperando aquí, entre cajas y estanterías, observo como van pasillo arriba y pasillo abajo preparando pedidos, atendiendo llamadas, recibiendo proveedores, o verificando el stock de algún medicamento. ¡No paran! pero tampoco pierden la sonrisa.
Queda claro que esperar, se espera mucho, y generalmente lo llevo bien, pero confieso que hay días en que llevo más tiempo esperando que haciendo, y es todo un desafío para mí. He ido descubriendo que todo depende de cómo se afronte. Aprovechar o desesperarse están a la misma distancia, pero en sentido contrario, y el equilibrio no siempre es sencillo. Estas esperas me han hecho observar mucho, y de observar he pasado a reflexionar sobre oportunidades, actitudes, procesos, incluso de sonrisas, miradas y abrazos. En algún momento, que no sabría definir, me he sorprendido a mí misma sumida en profunda oración, desencadenada siempre por algo que he observado mientras esperaba.
Esto me ha pasado más de un día, y pensando en ello, me vino a la mente lo que leía sobre la mística de proximidad de Madeleine Delbrêl, ¡todo un descubrimiento para mí! Ella decía que no podemos valorar la espiritualidad y minusvalorar la vida real, pues en ella encontramos un sentido evangélico de la existencia. Para ella, la auténtica espiritualidad abarca la vida entera y la reconoce como el único lugar real de encuentro con el Misterio. Todo queda abierto a su transparencia, sin excluir lugares ni momentos: la estación, el mercado, el trabajo… No se trata de escapar de los inconvenientes diarios para poder orar, sino de encontrar los modos de provocar la oración, de aprender a levantar en la vida diaria pequeños santuarios. No tenemos que dejar de orar, sino hacerlo de otro modo.
Observar, reflexionar y orar mientras espero, quizá tenga poco de original, pero si mucho de especial. Estas esperas en El hospital se van convirtiendo en uno de esos lugares de Encuentro, con mayúscula. Me está resultando una buena manera de pasar por el corazón tantas situaciones que creo que, si solo las dejamos en la cabeza, terminamos por perder la sensibilidad y la empatía, y después de esto no nos quedaría nada de persona. Y, a fin de cuentas, en el hospital (y en todas partes) es lo que tenemos y con quienes trabajamos cada día: personas, sean pacientes, familiares o compañeros.
Estas esperas no son solo eso, son el empujón que me hace falta para descolocarme, para poner en valor, y para, mientras espero, orar esperando, es decir, con esperanza.
Mónica Marco
PD: Libro recomendado: Madeleine Delbrêl. Una mística de la proximidad. Mariola López Villanueva. Ed. Sal Terrae 2019.
