Santa rutina
Quienes me conocen saben que suelo afirmar que el periodo estival en Caleruega –lleno de eventos, gente, fiestas de santo Domingo, peregrinos, etc.− supone un contrapeso providencial para la vida monástica de clausura y la tentación de refugiarse en la comodidad de los horarios y las manías. De mayo a septiembre, en Caleruega casi nada está asegurado, de tal forma que, a fuerza de salir continuamente de tu zona de confort –que dicen ahora los jóvenes− experimentas la vida como misión, la generosidad de la apertura y la acogida, y la satisfacción de una sonrisa o un corazón que se va consolado.
Eso no quita para que disfrute especialmente de la llegada de septiembre. Me encanta volver a la rutina. Es más lo mío, aunque haya aprendido a ver la riqueza de su contrario. Y pienso que no solo es una cuestión de estilo y de gusto personal por los horarios, el silencio y la soledad, sino que es algo que forma parte del ecosistema indispensable para este estilo de vida dedicado a la contemplación. Y, en ese sentido, creo que el curso que ahora comienza para todos vosotros, mis queridos lectores, es también ocasión propicia para ejercitarse en la contemplación. Sí, me parece que la verdadera contemplación –la que tiene como cimiento el conocimiento de uno mismo y la experiencia del amor de Dios− es más auténtica y real en el contexto ordinario de nuestros días más corrientes.
Porque es relativamente sencillo sentir que Dios me ama en el sereno atardecer de un día de vacaciones en la playa, con el sonido del mar de fondo y la tranquilidad del modo avión; pero también es relativamente más probable que el continuo dejarse «fluir» del verano –otro término que está tan de moda− nos impida o, al menos, dificulte, entrar en la realidad de nosotros mismos. Porque es tal el ritmo de novedades y contextos variantes que es bastante difícil que todo llegue a calar y pueda experimentarse en profundidad.
En cambio, durante el curso, el horario y el ritmo –que no niego que a veces sea demasiado ajetreado, por desgracia, pero hay un ritmo− pueden servirnos de aliados para dejar de vivir en lo epidérmico. Los seres humanos necesitamos puntos de referencia –que se lo digan a los topógrafos−, y la rutina es uno de ellos. Si todos los días a las 07:30 me levanto a hacer un café, será casi automático identificar que pasa algo el día que no me levante a esa hora. Si cada día amanezco a una hora distinta, será difícil sospechar qué día ha pasado algo especial. Cuando un topógrafo mide y proyecta la trayectoria de una línea recta en cualquier terreno, lo hace tomando un punto de referencia concreto a partir del cual deberá medir siempre –utilizando el teorema de Pitágoras y calculando las distancias como catetos de un triángulo−. De no hacerlo así, nunca nada medirá dos veces exactamente lo mismo.
A esto me refiero cuando digo que el horario y la rutina nos ayudan en la contemplación. Si el contexto es el mismo de ayer, puedo identificar mejor qué es distinto en mí, identificar qué me ocurre y por qué, si voy mejor o peor. Las pequeñas diferencias en un escenario aparentemente igual al de ayer destacan más, y eso favorece una agudeza interior, si es que queremos aprovecharlo, claro.
Me gusta comparar la contemplación con esa técnica de fotografía que se llama «timelapse». La cámara se coloca en un lugar fijo y se graba o se hacen repetidas fotos durante el tiempo que se quiera. El escenario es el mismo, pero la escena no. El paisaje –cuando lo hacen en un lugar de la naturaleza− es aparentemente el mismo pero la quietud de la cámara nos permite visualizar las variantes que un tourvideo –¡del mismo lugar!− no nos permitiría captar. Las nubes se mueven, aparece un pequeño pajarito que tan pronto como llega se va, y la diminuta hormiga que camina por una cercana hoja llega a vislumbrarse tan bien como si de un elefante se tratara. Así sucede con nuestra vida. Mientras damos saltos de un lado para otro es complicado –no digo imposible− captar los detalles que puede que sean los que marquen la diferencia. Nos conformamos con ver los elefantes cuando no existe rutina alguna. Al ser todo novedad, solo podemos vivir a grandes rasgos. Perdemos de vista las pequeñas hormigas que puede que sean las que más información nos aporten.
El horario, las rutinas y costumbres que cada septiembre trae son también ocasión para agudizar nuestra mirada y aprender a captar las sutilezas. No para volvernos maniáticos, sino para ahondar en lo profundo de nosotros mismos y descubrir lo esencial, el Amor de Dios, en lo que es casi invisible a los ojos. Por eso entiendo la contemplación más que como un ejercicio puntual y circunscrito a un momento diario o semanal destinado a parar y meditar no sé qué, como una agudeza espiritual que logra captar y hacer experiencia en medio de lo más ordinario de aquello de: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3, 23).
Sor Teresa Cadarso, OP
