Religión

San Pedro de Verona: la verdad que desarma al odio

Hay santos que destacan por su inteligencia, por su caridad, por su capacidad de gobierno o por la profundidad de su vida espiritual. San Pedro de Verona reúne algo de todo eso, pero la Iglesia y la Orden de Predicadores lo recuerdan, en este 4 de junio, sobre todo por una razón: fue un hombre que amó la verdad hasta el extremo de entregar la vida por ella. 

Nació en Verona hacia el año 1205, en una familia vinculada al catarismo, una de las corrientes religiosas que más inquietaban a la Iglesia de aquel tiempo. Siendo todavía muy joven, descubrió la riqueza de la fe cristiana y quedó cautivado por la predicación de aquellos primeros frailes dominicos. Ingresó en la Orden fundada por santo Domingo para evangelizar precisamente a los cátaros, y pronto destacó por sus cualidades como predicador.

No era un hombre de discursos brillantes para ganar aplausos. Su palabra convencía porque estaba respaldada por una vida austera, coherente y profundamente evangélica. Predicaba con claridad, estudiaba con pasión las Escrituras y recorría ciudades y caminos anunciando el Evangelio. Allí donde llegaba despertaba adhesiones, pero también resistencias. La verdad suele tener ese efecto: atrae a unos y molesta a otros.

Pedro vivió en una época de fuertes tensiones religiosas y sociales. Fue llamado a defender la fe católica frente a diversas corrientes que se alejaban de ella. Lo hizo con firmeza, pero también con la convicción de que la verdad no es una idea abstracta, sino el mismo Cristo. Su tarea le granjeó enemigos poderosos.

El 6 de abril de 1252, mientras viajaba de Como a Milán junto a otro fraile, fue víctima de una emboscada. Dos sicarios lo esperaban en un bosque. Uno de ellos, Carino de Bálsamo, descargó sobre él un golpe mortal en la cabeza. La tradición cuenta que, herido de muerte, Pedro comenzó a recitar el Credo y, con la sangre que brotaba de sus heridas, escribió en el suelo una de sus palabras más significativas: «Credo». Creía. Había vivido para esa fe y ahora moría por ella.

La noticia de su martirio se extendió rápidamente. Su fama de santidad era tan grande que fue canonizado menos de un año después de su muerte, uno de los procesos más rápidos de la historia de la Iglesia. Era el primer mártir de la Orden de Predicadores.

Sin embargo, la historia de san Pedro de Verona no termina con su asesinato. Quizá lo más sorprendente de su legado ocurrió después.

Carino, el hombre que había empuñado el arma contra él, comenzó a sentirse perseguido por el peso de su conciencia. El recuerdo de aquel fraile al que había dado muerte no le abandonaba. Con el paso de los años, el asesino acabó arrepintiéndose sinceramente. Buscó el perdón de Dios y llamó precisamente a la puerta de los dominicos, la misma familia religiosa a la que pertenecía su víctima.

Y sucedió algo extraordinario.

Los frailes no respondieron con venganza ni con rechazo. Lo acogieron. Lo escucharon. Lo ayudaron a comenzar una vida nueva. Carino ingresó como hermano en la Orden de Predicadores y pasó el resto de sus días dedicado a la oración, la penitencia y la conversión. Aquel hombre que había sido instrumento de muerte fue recibido como un hermano más. Tal vez ahí se encuentre la enseñanza más profunda de esta historia. El martirio de Pedro testimonia la fuerza de la verdad. Pero la conversión de Carino revela algo todavía más grande: la fuerza del perdón.

El Evangelio no vence únicamente cuando alguien es capaz de entregar la vida por Cristo. También vence cuando una comunidad es capaz de abrir los brazos a quien llega arrepentido. Los dominicos perdieron a uno de sus mejores frailes, pero no dejaron que el odio tuviera la última palabra.

San Pedro de Verona sigue recordándonos que la verdad merece ser defendida con valentía. Y la historia de Carino nos recuerda que nadie está tan lejos de Dios que no pueda encontrar un camino de regreso. Allí donde el mundo espera castigo, el Evangelio sigue ofreciendo misericordia. Y esa es, quizá, la victoria más difícil y más hermosa.

Fray Vicente Niño, OP