La importancia de las cosas que NO se hacen
Vivimos en un mundo que nos lleva a mil por hora. Estamos permanentemente preocupados por lo que tenemos que hacer, vamos siempre con prisa, siempre con algo pendiente, al final del día pensamos en lo que hicimos y lo que nos quedó pendiente por hacer. Vivimos tanto en el hacer que el día que “no haces nada (aparentemente) productivo”, a algunos, nos empieza a invadir una sensación de culpabilidad que, en el fondo, no es muy normal.
El esquema del hacer es uno de los más rápido se rompen cuando sales de misión. Cualquiera que haya salido de su cultura y de su contexto habitual en clave misionera (esto es importante) compartirá conmigo este pensamiento.
Yo ahora lo vivo desde esta misión en Camerún, pero lo he vivido antes aquí y en otros sitios de la misma manera. Yaundé, y en concreto el hospital, un lugar estupendo y lleno de vida, en donde siempre está pasando algo. ¡Muchos días suelo decir que aquí el que se aburre es porque no se ha enterado!
Antes de venir, entre tantos preparativos, fue inevitable volver a pensar en organizar lo que iba a hacer aquí. Venía bien prevenida de que los planes son “muy cambiantes”, pero la chula que llevo dentro rápidamente pensó que esto no me pillaba de nuevas, que lo tenía bajo control y que me podría adaptar a lo que fuera… pero en el fondo ¡seguía pensando en lo que venía a hacer!
Estando ya aquí, y una vez ya metida en la dinámica del día a día logré ver, de verdad y otra vez, que en muchas ocasiones el hacer no es tan importante como el estar, el ser, el escuchar, el participar. Todo eso que tanto me habían dicho antes, y que la chula pensó que lo tenía dominado, volvió a plantarme cara, sacudirme, y a tomar todo el sentido del mundo.
Cada día soy más consciente del valor tan grande que tiene el estar disponible y dispuesta a sumarte a lo que sea que haya, a la prioridad que haya en el momento, a ser una más para todo: preparar cosas, hacer cosas, pero también para hablar, reír, compartir… incluso para hacer de “punto de información móvil e improvisado” por los pasillos del hospital con quien busca el baño (un clásico internacional), la sala de rayos, o la maternidad “porque mi hermana acaba de tener un niño”; o hasta para ir a buscar agua, aunque todo el barrio haya comprobado ya que “la blanca no sabe cargar bidones”.
Aquí, como imagino en todas las misiones, los planes de hacer en sentido productivo, de agenda llena de prisas y fechas de entrega, se pueden llevar a cabo solo parcialmente. Para mil cosas dependes de que haya luz, de que haya agua (en este caso de que el camión cisterna haya llegado), de que el wifi funcione, que encuentres una moto que te lleve a pesar de no llevar “suelto”…. a que la otra persona haya calculado que tu reunión cabe aun en su agenda, y una muy larga lista de etcétera de la “escuela de la paciencia”. Poco a poco vas viendo que los súper planes de hacer se pueden llevar a cabo solo parcialmente, o más bien, de manera diferente.
Que nadie lo malinterprete, a pesar de todo, hacer hago (y hacemos) aquí muchísimas cosas, pero al final del día te das cuenta que las más importantes fueron las cosas que no se hacen: el estar abierto a desaprender y aprender cosas nuevas, a re-planificar planificar sobre la marcha porque te das cuenta que las prioridades que llevabas hechas no se corresponden con las prioridades de verdad, a reinventarte en función de lo que se necesite en cada momento; a que aunque no haya luz o agua o el wifi vaya y venga… se puede funcionar, aunque de forma distinta a lo que estamos acostumbrados; que el mundo no se termina, solo se readapta; y lo que más valor tiene no se hace sino que se es, se está.
Día a día sigo descubriendo la importancia y el valor de una sonrisa, de tomarte un momento para preguntarle a tu compañero por su familia, de cruzarte una mirada cómplice escalera abajo, de detenerte a preguntarle a alguien aparentemente perdido si le puedes echar una mano, o simplemente de tomarte un ratito para escuchar a alguien a quien el simple hecho de desahogar le ayudará a tener un día un poco más llevadero. La importancia de esas pequeñas cosas que muchas veces descuidamos porque “nos quitan tiempo de lo que tenemos que hacer”.
Quizá sea una opción de reflexión para este tiempo de adviento el prestar atención a dónde ponemos el acento de nuestro día a día: ¿en el hacer? ¿en el ser? ¿en el estar? Una oportunidad para hacer un ejercicio de equilibrio, quizá.
Aun así, tengo claro que cuando vuelva, la pregunta top será: ¿qué hiciste en Camerún? Haré mi mejor esfuerzo en seguir compartiéndolo desde el ser y el estar.
Mónica Marco
