Opinión

Cruz

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

Gabriela Mistral 

Oración ante el Cristo del Calvario

Desde hace muchos años tengo una amiga, una hermana dominica, que me ha acompañado de diferentes modos a lo largo de mi vida ¡Desde el colegio! Cuando yo estaba tomando la decisión de ingresar a la Orden, sentados en una plaza en un verano santiaguino de esos secos, hablábamos sobre algunos motivos, miedos sobre todo, para no aventurarse a algo como ser fraile. 

Como siempre, me escuchó con los ojos, acogiendo cada palabra. Y cuando terminé, luego de un silencio asentador, me contó que hace unos meses le tocó ir al médico. En ese momento llevaba más de un año en una comunidad fuera de Chile, en un barrio pobre y sencillo. Ella sufre una enfermedad degenerativa, pero por la lentitud de trámites y cosas, tuvo que ir a urgencias en el hospital público. No llevaba mucho tiempo fuera y no había podido acceder al seguro médico. Entonces tuvo que ir a hacer fila con todo el mundo. 

Cuando llegó, tomó asiento dónde pudo. Sus pensamientos la llevaron a repasar la difícil situación de su comunidad, en un barrio complejo y con muchos desafíos. Casi a la vez le vinieron los problemas de la congregación, la escasez, el futuro incierto… Los rostros de sus hermanas, sus propias frustraciones, los horizontes cortos y quebrados comenzaron a aparecer. Sus preocupaciones, mezcladas con las oleadas de dolor que le venían, la hacían sentirse en una realidad muy paralela. “¿Podré seguir viviendo aquí?”, “¿Hasta dónde soy capaz de soportar?”, “¿Y si tenemos que irnos?”, “¿Qué será de nosotras?”. Pero, sobre todo, un afilado “¿Qué será de mí?” se clavó en su corazón. 

De pronto un “¡Hola hermana!” la trajo de vuelta al hospital. Era una muchacha del barrio que frecuentaba la capilla. Estaba acompañando a su mamá, que sin trabajo hace meses ni seguro social, hacía también la fila para poder ser atendida. De pronto se dio cuenta de que había mucha gente del barrio a su alrededor. Se trataba de gente sencilla, sin muchas más posibilidades para aliviar sus dolores que la de ir cada cierto tiempo a las urgencias del hospital. La mamá de esta muchacha pudo ir a esa hora de la tarde porque antes tuvo que trabajar, a pesar de días con la pierna mala. “No puedo no ir a trabajar, hermanita…” le comentó la señora, ocultando razones que, sin embargo, por sus ojos podían asomarse. 

Mi amiga, entonces, recibió un balde de agua fría, pero en sus adentros. Dios le regaló una intuición: Tal vez, la respuesta a todas sus preguntas tenía que ver con esa fila de urgencias. “Esto es”, me pronunció nuestra hermana dominica, con voz entrecortada y ojos enlagrimados. En esa fila de hospital entendió que Dios viene por debajo, por el reverso de la vida. La vocación, la que sea, puede llevarnos por caminos difíciles, pero podemos comprenderla mejor cuando experimentamos que su sentido no reside en ella, sino en la capacidad de hacerse solidaria hasta las últimas consecuencias con los que pierden y están rotos, y en últimas, con Dios. Misteriosamente, su dolor y las dificultades de su comunidad la llevaron al lugar de los últimos, allí donde nadie quiere ir, para también mostrarles, sin muchas seguridades, que Dios vive con ellos. 

El misterio de la cruz no es una glorificación del dolor. Es, ante todo, constatar la solidaridad de Dios, que decide hacer frágil y fracasar con nosotros, para abrazar todo lo humano. La cruz es el espacio en el que, en palabras de san Ireneo, el Espíritu consumó la unión entre Dios y la humanidad. Ya no hay realidad humana que no tenga algo que ver con Él. Y estamos invitados a vivir también ese misterio, desde la solidaridad que nuestros propios dolores y heridas son capaces de ofrecer. Sólo así podremos dar cuenta de que “sus heridas nos han curado” (1 Pe 2, 24). 

Mi amiga descubrió, en medio de esa fila, que el amor nos lleva siempre más allá de nosotros. Que su misterio nos envuelve y nos saca de nuestros miedos y nos lleva a la entrega, a la solidaridad, sin demasiados cálculos, porque lo valioso está en lo que damos. Esto me ayudó a entender que el sentido lo encontramos también en los momentos difíciles, porque Dios es solidario con nuestros miedos. Cada vez que vienen mis fantasmas a hacer su visita, recuerdo a mi hermana dominica que pudo entender, pascualmente, que la vida es más de lo que sufrimos y que incluso el dolor puede hacernos solidarios y más Vivos. 

fr. Ignacio Castro Ortega op