Religión

Gonzalo de Amarante: un santo libre

Que hay santos para cada gusto y color, parece una forma poco respetuosa de decirlo, pero bastante clara en su expresión.

Nos dice la Iglesia desde el tiempo de los primeros mártires, que los santos son modelo para los creyentes que continuamos peregrinando en la tierra. Hombres y mujeres que combatieron bien su combate, que alcanzaron su meta del seguimiento, y que son para nosotros que aún estamos en ello -trabajando, penando, caminando-, ejemplo, imagen, inspiración y modelo de ese seguimiento, de ese hacer vida del evangelio.

Por eso, como cada uno somos distintos y diferentes, lo que nos inspira, lo que nos cautiva, lo que nos motiva y nos mueve es diferente. Por eso, hay santos para cada uno, santos para cada personalidad.

Y mirándolo al contrario, tiene que haber santos que nos resulten raros, incomprensibles, que no nos encajen, o hasta que nos resulten muy poco simpáticos. Como algún vecino, algún conocido, algún compañero de trabajo o algún compatriota. De todo hay, y eso no está mal. Lo que hay que pensar es que hay santos para todos, como hay gente para todo.

El día 10 de enero celebramos a un santo dominico, muy raro, o muy poco dominico… según el carisma dominicano se ha ido imponiendo. El carisma dominicano suele tener como muy marcado dos claves muy populares: lo académico-intelectual, y lo comunitario-regular. Junto a ello está la contemplación y todo ello para la predicación del evangelio, por supuesto, pero eso del estudio y la comunidad, es por lo que los dominicos son más conocidos: por estudiar y por vivir en comunidad.

Por eso quizás el santo de hoy -Beato técnicamente hablando-, es tan poco conocido, recordado y venerado entre los propios dominicos. Seguramente porque muestra formas un tanto distintas de ser dominico de las que al fin han ido siendo las mayoritarias, las dominantes y las aceptadas. Y es que san Gonzalo de Amarante, se hizo ermitaño.

Hablamos de un fraile portugués de la primera generación, de los que compartió tiempo con el propio santo Domingo y con santo Tomás, que ingresó en la Orden de Predicadores siendo ya clérigo, tras peregrinar a Roma y Tierra Santa, como una forma de cambiar de vida, una vida que no le satisfacía, que le agotaba, que no le llenaba el corazón, buscando más sentido y plenitud, más vida, más verdad, más hondura. Hay en su historia también claves de simonía, de conflictos familiares, de encontronazos con el poder y con la jerarquía eclesiástica de su tiempo.

Y la Orden le abrió a la libertad. Y eso es precisamente lo que le dio. Hondura, verdad, y sobre todo libertad. Libertad para dejar de depender del criterio de los hombres, y dedicarse sólo a Dios y a los hombres, a la predicación y la contemplación, tanta libertad le ofreció como servicio a Dios -no como egoísmo autoreferencial- que Gonzalo de Amarante, ya decimos, acabó siendo ermitaño.

Se retiró a un pequeño lugar, Amarante, con un puente sobre el Tajo para predicar a todo el que cruzaba por allí. Lejos a lo mejor de lo que se suponía una vida regular y común como dominico, lejos quizás del tópico académico del estudio reglado, pero en profunda vida de contemplación, predicación y servicio. 

Y allí, anciano, entregado, olvidado, pero dominico, falleció.

San Gonzalo de Amarante -Beato técnicamente hablando- hoy en día nos recuerda, que no siempre lo aceptado, lo mayoritario, lo común, es el modelo de seguir a Cristo. Y menos en el carisma de Domingo de Guzmán.

Fray Vicente Niño, OP