Me encontré con Dios jugando al Parchís
Hace unos días, coincidiendo con el inicio del curso, estuve en Obout que es un pequeño pueblo en la selva. Ahí tenemos un instituto e internado: Collège Christ-Roi d’Obout, y también un centro médico. En el College todos los alumnos han de ir con el pelo muy cortito, casi rapado. Dos chicas llegaron con trenzas, así que al día siguiente me fui con ellas al pueblo en busca de Joseph, el peluquero. Digo peluquero porque todo su material es una maquinilla eléctrica, bastante destartalada, y una sábana que hace las veces de capa de peluquería.
Fuimos a buscarlo “fuera de horas”, así que lo encontramos en su casa y en cuanto nos vio, ni corto ni perezoso, sacó sus cosas y nos sentamos fuera, donde la comunidad (familia, vecinos y amigos) hace vida: un tejadillo de madera, unos cuantos bancos pequeños, una bombilla y un punto de corriente. ¡suficiente para ponerse manos a la obra!
Mientras esperaba, entre quejidos de las niñas (¡era todo un drama!), la máquina se atascaba y volvía a funcionar, y se volvía a atascar y volvía a funcionar…. se iba oscureciendo y los vecinos volvían del campo, o del río, o de otros trabajos. Mientras Joseph trabajaba, algunos se acercaban, otros entraban en su casa, y otros seguían de largo, pero yo me quedé mirando un tablero de parchís que había en uno de los bancos. Debió notarse mucho, porque cuando Joseph terminó, vino directamente y me dijo: Ma soeur, tu sais jouer? (hermana, ¿sabes jugar?). Según le dije que sí, acercó otro banco, me dio un bote de efferalgan para tirar el dado, y empezamos.
Según jugábamos, tirada a tirada, y entre risas por mi mala suerte, empezamos a hablar. Fue espontáneo, de tú a tú, y a pesar de mi francés “de recién llegada”, nos entendimos muy bien. Me contó cosas del pueblo, de la gente, de la vida – y de cómo se la ganan -, de cómo la misión des soeurs (la misión de las hermanas) es una referencia, y como algunas hermanas les caen mejor “porque vienen y se interesan por nosotros, nos conocen”, y otras que “no salen” les caen algo peor porque “viven en otro mundo”. Según jugábamos se fueron uniendo a la conversación otras personas, y sin buscarlo se hizo una tertulia de lo más interesante.
El juego me llevó a pensar en cómo algo tan simple es capaz de romper tantas barreras y acercarnos tanto. Como esta sencillez, entre dados y fichas rojas y azules moviéndose por el tablero, nos llevó a una conversación muy bonita – a la vez que con bastantes puntos para reflexionar – como si nos conociéramos de siempre, como si yo fuera parte de la comunidad que cada atardecer se reúne bajo ese tejadillo para encontrarse, compartir vida y cena. Realmente me sentí una más a todos los efectos.
Pensaba en cómo, ahí, en lo más sencillo, y cuando tenemos el valor de quitarnos “capas” de títulos, rangos, culturas, colores, y otros añadidos que de poco nos sirven, es en donde verdaderamente somos “sólo nosotros mismos”, sólo personas, y es aquí y sólo aquí, en donde honesta y verdaderamente podemos encontrarnos con los demás y ver al otro como lo que es, un hermano. En medio de esta sencillez, me encontré con Dios, experimentándolo en el otro, en la acogida, en el compartir, en la naturalidad. ¡Y fue genial!
Estoy convencida de que esto solo es posible en lo sencillo. Y sí, es posible que pase jugando al parchís con Joseph, con un tablero viejo, a la luz de una bombilla, bajo un tejadillo de madera en un pueblo de la selva de Camerún.
Joseph resultó ser un estupendo jugador de parchís. Tenemos pendiente la revancha cuando pueda volver al pueblo.
Mónica Marco, CSD
